No tengo idea de la razón, pero aquí estoy. Desde que tengo memoria he estado en este mismo lugar. Nunca me gustó, pero después de tanto tiempo en un lugar, uno termina acostumbrándose.
La habitación era pequeña, las paredes cada día se vuelven más blancas. El suelo es suave, prefiero dormir en él, la cama es increíblemente incómoda, siempre he creído que la hicieron así intencionalmente, como una cama decorativa. Lo que más llamaba la atención, era la puerta. Una puerta metálica que cubría casi toda la pared.
Siento que no pertenezco acá. Está idea me persigue desde hace mucho tiempo, pero últimamente se ha acrecentado. Hoy saldré de esta prisión, estoy convencido. No estoy dispuesto a pasar un día más así, no lo aguantaría.
Tengo que esperar que venga de nuevo. Una vez al día, entra a la habitación un anciano. Un anciano que me da de comer y me advierte de los peligros del mundo, me dice que soy una persona afortunada de estar acá.
El anciano se acerca y escucho sus pasos. Entró a la sala. Ahora es el momento, tengo que salir. Empezó a darme su discurso habitual, en un descuido del anciano aproveché para salir de la pieza. El viejo sigue dando su charla, creo que si me vio salir, estoy seguro de que me vio, pero sigue hablando, y se dirige a la inútil cama. Tengo que seguir.
Estoy afuera, al fin libre. Aún no puedo ver nada, la luz me cegó. No importa, logré lo que quería, al fin salí. Tengo que seguir corriendo, pero no puedo, me siento débil, ya no me puedo las piernas, ya no las siento. Tendré que parar.
Me acuerdo del viejo y me preguntó si seguirá hablando, no sé cuánto tiempo ha pasado desde que salí de esa prisión. ¿Pero por qué la llamo prisión? Ya ni siquiera recuerdo bien como era, ni porque quise salir de ella. Tengo que descansar, fue todo muy rápido, no esperaba que fuera tan fácil escapar.
